viernes, 18 de mayo de 2018

Reseña de NECROSFERA, de César Martín Ortíz en Babelia (El País)

Un gran descubrimiento póstumo

'Necrosfera' es una novela deslumbrante, de prosa tan clásica como transgresora, a la que dedicó los últimos años de su vida el escritor César Martín Ortiz

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
30 ABR 2018 - 18:41 CEST
Autorretrato de César Martín Ortiz.


La experiencia dicta que existen al menos dos posibles relatos de la literatura. El primero de ellos viene sancionado por las esferas del gusto y de la opinión, por los esfuerzos a la hora de generar una canónica y por la estructura de las grandes editoriales, a menudo canibalizadoras del sistema cultural. No resulta muy complejo describir este relato, diagnosticar sus fortalezas y prever sus debilidades. Sus líneas de interés se dibujan con claridad y los nombres que lo conforman vertebran el cronomapa literario de una época. Por debajo, al lado o en paralelo, pero casi siempre oculta ante esta narración “oficial”, discurre otra evidencia de la literatura muchas veces indetectable, invisible en el límite, y que cuando asoma se menciona como circunstancia excéntrica, nota folclórica o apunte para curiosos. La visibilidad del primer relato aplasta, de facto, la existencia del segundo, lo cual puede provocar malentendidos, omisiones e incluso dislates. Baste recordar que sólo la terquedad de Max Brod impidió convertirse en un exponente de este segundo orden a quien con más razón que ningún otro autor pudo declarar: “Yo soy la literatura”.

Esta historia alternativa se construye en condiciones envidiables desde el punto de vista de la creación, pues el motor que la anima es la certidumbre de que la única recompensa que existe en literatura es el texto. Una situación impulsada por cierta formidable necesidad que hace al escritor trabajar desde una ambición desnuda y una desesperanzada audacia. Así, escribir sin esperar nada a cambio que no sea la propia obra parece el punto de partida idóneo para alcanzar un objetivo que no nace de la coyuntura de premios, plazos o recompensas económicas, como buena parte de la producción que sustenta el mercado, sino de la abrupta exigencia del hecho creativo.


A la vista de los datos que poseemos, cabe colegir que César Martín Ortiz navegó aplicadamente por estas aguas ignoradas de la literatura. Tras entregar a la imprenta varios libros de poesía y relato, en 2004 dio la espalda a la edición y no volvió a publicar hasta su muerte, acaecida en 2010, cuando contaba 52 años. Ese silencio editorial no significó, sin embargo, un abandono de la escritura. Al contrario. En los últimos años de su vida, Martín Ortiz escribió con la desesperada ambición mencionada. Y su fruto se encarna ahora en Necrosfera,una novela deslumbrante y soberana, radical en su forma y en su contenido.



La impedimenta que la soporta opera en la estela de las indagaciones filosóficas de Stanislaw Lem, las fantasías especulativas de J. G. Ballardy las conjeturas acerca del animal político que animaron el genio de Miguel Espinosa. Ello no implica una sujeción a las claves de ciertos subgéneros, sino la conquista de un acervo que redunda en la libertad estructural que la novela atesora. Lo que Martín Ortiz faculta en estas páginas es la interacción entre dos mundos: Tierra, un territorio en el que la iniquidad se ha convertido en destino común de la especie, y Madre, un lugar poblado por Personas y Escientes, entes que no admiten ser reducidos a un canon humano y que estudian con desapego etnográfico y desdén oracular las manifestaciones diversas de la sevicia terrícola.

El vínculo entre estos escenarios se satisface mediante el Navegante y el Segundo Piloto, Persona aquél, humano éste, caracteres cuyos trayectos fatigan tiempos y salvan distancias que revisitan a nuestros ancestros y pronostican lo transhumano, pero que se muevan en el pasado o se asomen al porvenir alumbran en ambos casos la indigencia moral que define la existencia en la Tierra. Y es ahí, en la biopsia del gigantesco organismo, donde Necrosfera se muestra como un réquiem anticipado por nuestra ruina, un alegato contra la sinrazón y sus símbolos, y la constatación de una certeza, la inhumanidad, que ya desde la frase de George Steiner que sirve de pórtico al libro no se contempla como excepción, sino como norma definitoria en la aventura del sapiens.

Todo ello servido en una prosa de raro equilibrio e inusitada fuerza, clásica a la vez que transgresora, y que rinde, póstumamente, justicia a un autor a quien hoy descubrimos con la auténtica sal de la tierra: la admiración.

https://elpais.com/cultura/2018/04/26/babelia/1524740013_494939.html

Autor: Martín César.
Editorial: Baile Del Sol Ediciones (2018).
Formato: tapa blanda (410 páginas)

jueves, 17 de mayo de 2018

Reseña de Cercanías de Jorge García Torrego en Mundidiario

Cercanías de Jorge García Torrego

Cercanías de Jorge García Torrego, de la Editorial Baile del Sol, cuenta con una silueta de la figura del autor en la cubierta, diseñada por el propio poeta y que nos llama con las puertas abiertas para subirnos a ese tren que espera en las vías.
Ilustración Jorge García Torrego./ Web del autor.
Ilustración Jorge García Torrego./ Web del autor.
Jorge García Torrego es poeta, periodista y corrector editorial. Ha publicado los libros de poesía Ojo y ventana en Canalla Ediciones y el libro que tratamos hoy, Cercanías. Este mismo año ha publicado el ensayo Convivir poesía, «El fenómeno de las jams sessions y la poesía oral en el Madrid del siglo XXI», con la editorial Amargord ediciones. Algunos de sus poemas han aparecido en antologías como Caja de resistencia número 2 o en el último número de la revista de poesía, que anunciara su retirada el pasado mes de marzo, La Galla Ciencia con El octavo pasajero. Es licenciado en periodismo y tiene un Máster en Formación e investigación literaria y teatral en el contexto europeo. Trabaja como corrector y periodista e investiga las jams sessions de poesía y otros temas de literatura y filosofía. Y aunque no me lo haya dicho personalmente, ni me lo haya confirmado, es una persona comprometida con la palabra y la poesía. Lleva a cabo una iniciativa, que ya supera los seis meses de duración, en la que sube un vídeo de un poema a sus redes sociales, diariamente, con lo que no solo ayuda al fomento de la lectura, sino al conocimiento de autores, obras; a demostrar la enorme variedad poética que existe, dentro de lo que él denomina su humilde biblioteca.
Captura de vídeo: iniciativa lectura diaria. /Redes del autor.
Captura de vídeo: iniciativa lectura diaria. / Redes del autor.

Cercanías es un poemario que está dividido en seis partes, seis paradas; siempre precedidos por dos nomenclaturas: una, la acción (causa o consecuencia) relacionada; otra, el tipo de poemas reunidos: poemas de tiempo y sal, de calle y ladrido, de pueblo y amistad, del encuentro, de ausencia y océano o del reencuentro.
Todos ellos son cosas cercanas, cosas de aquí de este lado. El autor se presenta con una biografía algo particular, como, por ejemplo, comentando que en el colegio aprendió a juntar palabras y en la poesía a llenarlas de gente.  El amor, el trabajo, la amistad, ese lugar particular en el que habita el poeta: Miraflores, Torrelaguna, Madrid, España, el planeta. Y con un lenguaje que rompe la sintaxis y juega con ella, que utiliza nuevas imágenes para el lector, nuevas metáforas, hace asociaciones menos comunes. Sin embargo, aunque estos malabarismos con las palabras, los versos y las imágenes aparezcan, nunca apartan la vista del lector, por lo que este puede seguir los giros fácilmente.
Dime que me esperas,
Que no soltaste aún el enjambre sagrado,
Que no cayeron los cables de tensión de nuestro presente
Y que los pájaros sujetan su respiración de caballos.
Dime que el amanecer no subió la montaña de tu espalda,
Que faltan horas para que salgan las hormigas a derrotar
Las cordilleras que somos,
Susúrrame el aullido suave de braille en tus explanadas
De tierra fértil,
Camina en mi cuerpo abrazo engranaje perfecto,
Posa en mi tu contenido sin armadura diaria,
Y dime que no,
Que no me necesitas y sin embargo.
Abre el libro osadamente, hablando de la muerte y sobre dice que «afila los espejos donde maquillamos nuestra calavera».  El primer destino es la muerte, y el autor nos advierte «Va creciendo la muerte en grietas que no vemos y / confundimos con arrugas». ¿Dónde quedamos nosotros? «Soy los huesos de la pregunta, /el espacio blanco entre dos océanos de oscuridad y frío». Sin duda, es una imagen intensa la que nos presenta en medio de esos dos océanos.
Portada de "Cercanías"
Portada de Cercanías. / Editorial.

El mismo lugar desde donde lanzamos preguntas a Dios: «Dios es el silencio a todas nuestras preguntas». Jorge García Torrego diluye un argumento filosófico entre sus poemas, una misma línea argumental que se extiende durante todo el bloque, y a la vez, es una denuncia «En la rutina duermen los valientes que fuiste, /ninguno levanta la voz». Puesto que, con el paso del tiempo, la perspectiva de todos cambia y el autor sentencia «pero un niño verá mi calavera y pensará que es una caracola».
No me atrevo a continuar, porque este es un tren que debes coger tú. @mundiario

jueves, 10 de mayo de 2018

ARQUITECTURA SECRETA DE LAS RUINAS, de Miguel A. Zapata en el Asombrario

Esa grieta que aparece en la comunidad, va desmoronando el edificio y nadie hace nada

El escritor Miguel Ángel Zapata.
El escritor Miguel Ángel Zapata.
Aparece una grieta en una comunidad de vecinos. Y esa grieta física se abre paso, deteriorando la estructura del inmueble, entre reproches, culpas y responsabilidad. Con la típica ineficacia y desidia de la Administración. En su recorrido, junto a esa grieta física se abre también otra grieta emocional y vital. La grieta de la pareja, de la familia, del individuo, de la sociedad en que vivimos. Vemos cómo se desmorona el mundo, pero no hacemos nada por evitarlo. Hoy nos detenemos en ‘Arquitectura secreta de las ruinas’, la nueva novela de Miguel Ángel Zapata.
Hace algunos años vivía en Chueca. Solía ir a la plaza a comprar el periódico y a sentarme allí con mi hijo, que entonces aún se movía en carrito, a leer la prensa. Me encantaba tomar el sol en estos días de primavera, mientras la ciudad aún andaba levantándose. Ahora, los bancos públicos han desaparecido de la plaza y se ha llenado de terrazas. Si uno quiere sentarse, tiene que pagar. Tampoco está ya el quiosco de periódicos ni, claro, la quiosquera que le regalaba chuches a mi hijo. Son los nuevos tiempos que corren en las ciudades, pensadas para los turistas y no para sus habitantes.
Sin embargo, gracias a la iniciativa privada, no todo está perdido. Aunque en este país parece que el único negocio posible es abrir un bar o un restaurante, o un gimnasio si me apuran, cuando no especular con los pisos, hay gente que se mueve por otros derroteros. En Chueca se han instalado también editoriales, galerías de arte como Mad is Mad o librerías como Nakama, en la calle Pelayo. Nakama, me explicó Rafa, uno de sus dueños, significa en japonés algo así como “el abrazo amigo”. Y allí, en este librería coqueta y bien abastecida, presentamos este viernes el libro de un amigo y escritor al que admiro, Miguel Ángel Zapata (Granada, 1974). Acaba de publicar Arquitectura secreta de las ruinas, en la editorial Baile del Sol.
Hay una frase ya conocida y repetida de Juan Marsé, quien aseguraba que a una novela podía perdonarle cualquier cosa, menos que fuera aburrida. A mí me parece un buen punto de partida, pues se subestima el poder de “entretenimiento” que ha de tener la literatura. Pues bien, Arquitectura secreta de las ruinas es una novela que te engancha desde las primeras líneas. Hacía mucho tiempo que no lograba sumergirme en una historia así y eso es algo muy importante para mí, como lector.
Claro está, que lo que sea aburrido o no depende de cada lector. Aparte de la historia que me cuente la novela, es imprescindible que me atrape su propuesta narrativa, la forma en la que la narra. Y este segundo aspecto también ha sido decisivo en el caso de la novela de Miguel Ángel Zapata. Como ya apunta desde el título, tan poético (me recuerda al Alzado de la ruina de Aníbal Núñez), en esta novela es fundamental la arquitectura, no solo física –la construcción/deconstrucción en este caso de un edificio– sino también la propia arquitectura de la obra.
El argumento es sencillo. En un edificio de la calle Garibaldi aparece de repente una grieta. Para ser precisos, la grieta ya estaba ahí, quizás llevaba mucho tiempo sin que nadie la hubiera visto, pero hay un momento en el que se hace visible. Y es a partir de ese instante cuando empezamos a conocer cómo afecta esa grieta a la comunidad de vecinos.
La grieta física se abre paso, deteriorando la estructura del inmueble, con los típicos reproches, culpas y responsabilidad. Con la típica ineficacia y desidia de la Administración. Y en su recorrido, junto a esa grieta física se abre también otra grieta emocional y vital en los personajes que pueblan esta novela coral. La grieta de la pareja, la de la familia, la del individuo, la de la soledad, la de las ficciones, la de la sociedad en la que vivimos. Vemos cómo se desmorona el mundo, reconocemos los síntomas, pero no hacemos nada por evitarlos.
Si buscamos en el diccionario la palabra ruina, nos da varias acepciones:
  1. f. Acción de caer o destruirse algo.
  2. f. Pérdida grande de los bienes de fortuna.
  3. f. Destrozo, perdición, decadencia y caimiento de una persona, familia, comunidad o Estado.
  4. f. Causa de la ruinafísica o moral de una persona, familia, comunidad oEstado.
  5. f. pl. Restos de uno o más edificios arruinados.
Creo que todas ellas están contenidas en la novela de Zapata. La ruina no solo acecha al edificio, sino a las vidas de quienes viven allí. Y ya sabemos que las ruinas tienen la capacidad de convocar el pasado, físico o espiritual. Desvelar el origen de esa ruina, su secreto, es lo que nos propone Zapata, en una obra que es compleja, aunque no complicada, con muchas lecturas posibles, como toda la buena literatura.
Es una obra cargada de simbolismo, donde todo cobra un sentido, hasta el bar donde acude Maldini, uno de los personajes, a contar sus ficciones y que se llama El Desencanto, como la conocida y dura película de Chávarri sobre la autodestructiva familia de los Panero.
Arquitectura secreta de las ruinas es un ejercicio impresionante de arquitectura literaria. Se superponen varios planos temporales y las distintas tramas de los personajes se van entrelazando como en un mosaico hasta llegar a ese secreto que se nos desvela al final. Todas las piezas acaban encajando. El libro empieza por el capítulo 0 y termina en el capítulo 0. Lo que hay en medio es la vida de los personajes, de la comunidad, una metáfora de la sociedad en la que vivimos. En este sentido, Arquitectura secreta de las ruinasme recordó irremediablemente a una novela de culto, La vida. Instrucciones de uso. Como en la novela de Perec, también la narración de Zapata está concebida como un rompecabezas, donde el autor es una especie de voyeur, puede ver lo que ocurre en el interior de las viviendas.
Apenas hay mención a la actualidad más inmediata (en una página salen Mario Conde y Bárcenas). Sin embargo, Zapata habla sin mencionarlo, del presente, de la crisis actual y de cómo ha afectado a nuestros cimientos como sociedad, tanto desde el punto de vista económico como moral. La empresa de uno de los vecinos, Alejandro Herreros, se llama Hormigos Falling, por ejemplo. El hormigón, desde su solidez, pero también desde su capacidad de sepultar las vidas, recorre toda la obra. Hay empresas dispuestas a sacar partido del desastre, de aprovecharse de la situación de los vecinos. Hay un Ayuntamiento/Gobierno que habita en la desidia y que como siempre devuelve su responsabilidad a los vecinos.
Otra lectura abierta de Arquitectura secreta de las ruinas es su conexión con la cultura clásica, con esa comparación del descansillo de una de las plantas del edificio con la laguna Estigia y como si una de las vecinas, la vieja Téllez, fuese Caronte, el encargado de guiar la sombra de los muertos hacia el Hades.
La voz narrativa que utiliza Zapata es una tercera persona con visión múltiple. Es una novela coral donde el narrador mantiene una cierta distancia pero está muy presente en la obra, interviene con reflexiones y nos aporta en algunos capítulos unas acotaciones para encuadrar las escenas. En este sentido, este acercarse y alejarse del narrador, como un zoom, el control que tiene de los personajes, me recordó al narrador de otra obra clásica y experimental del siglo XX, Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin. Döblin nos habla del Berlín de entreguerras y el tono distante que mantiene con su protagonista principal, muy brechtiano, me ha recordado mucho al punto de vista que adopta Zapata. También la hilaridad con la que retrata ciertas situaciones, diálogos, sin excluir la emotividad en algunos momentos.
Finalmente, quiero subrayar la prosa y la sintaxis de Zapata. La novela es un ejercicio de estilo donde se dan cita la poesía, el arrebatamiento, la reflexión y la pura narratividad. Arquitectura secreta de las ruinas es una de las mejores novelas en español que he leído recientemente. No dejen de hacerse con ella.

martes, 8 de mayo de 2018

Arquitectura secreta de las ruinas, de Miguel A. Zapata en la revista Pliego Suelto

Grietas, un cuaderno, té: Miguel A. Zapata introduce su novela Arquitectura secreta de las ruinas

Castillo abandonado en Francia. Fotografía: Romain Thiery

En el siguiente texto, el escritor Miguel A. Zapata (Granada, 1974), nos habla, en tono distendido y confesional, de los hilos invisibles del proceso de escritura y la intrahistoria de su nueva novela: Arquitectura secreta de las ruinas (Baile del sol, 2018). Zapata es también autor de Voces para un tímpano muerto (Talentura, 2016), Las manos (Candaya, 2014) y diversas colecciones de cuentos y microrrelatos.
Es habitual entre escritores afirmar que no sabrían decir cómo fue el proceso creativo de una obra concreta o de su escritura en general. A mí me resulta relativamente sencillo, quizá porque continuamente estoy analizando los porqués de mi trabajo.
Que acierte a dar con todas las claves constructivas es otro asunto.
Miguel A. Zapata, 2018
Concebí Arquitectura secreta de las ruinascomo la segunda obra de un ciclo de novelas dedicadas a analizar las distintas formas de la degradación en nuestra época. Si mi primera novela, Las manos,se centraba en la decadencia de los iconos y los mitos colectivos en la sociedad global, Arquitectura secreta de las ruinas surgió con la idea de estudiar la relación entre personas y espacios vivenciales en una situación de crisis: el progresivo deterioro de un edificio habitado por inquilinos muy dispares.
Mi manera de trabajar precisa partir de una imagen que sirva como catalizador y eje que vertebra la narración. Si en la potencia de la imagen encuentro un componente alegórico sustancial, puedo lanzarme a la escritura casi a tumba abierta, fiado al sendero que me permitirá trazar mi lazarillo. Pero en esta ocasión, la complejidad de una historia coral exigía igualmente un trabajo de planificación paralelo al ejercicio siempre estimulante de teclear sin cortapisas y dejar a las palabras asomarse a la pantalla del portátil.
En Las manos, el placer consistía en una absoluta libertad de movimiento pero con una sola dirección: línea recta hacia adelante. Un escritor feliz con sus orejeras dejando a la trama avanzar con la misión de llegar a buen puerto. Ni más ni menos que llevarla a un sitio seguro, como el tallo crece buscando la luz y nada sabe del entorno del que se va alejando a medida que se eleva. La escribí con una ingenuidad iniciática semejante al juego, sí, un juego muy serio, ese que supone narrar siempre al filo de la nada.
Miguel A. Zapata, 2014
Hay tallos que se separan del mundo y se proyectan quién sabe dónde.
Con Arquitectura secreta de las ruinas, las dificultades se planteaban en función de la propia estructura de la novela, que imaginé como una escalera de caracol desplegando su persistencia espiral en el corazón de un edificio. Desde el punto de vista arquitectónico, los elementos articulados en forma de espiral suponen una difícil dialéctica: la curva de su diseño incardinada en un mundo constructivo de líneas rectas y paralelepípedos.
De la misma forma, son también estos elementos un puro trampantojo: situado el observador en el arranque de la escalera y mirando hacia las alturas, no siempre es fácil definir si los tramos suben o bajan, si se achican o dilatan los espacios, si aquel es el primer o segundo piso, si un escalón antecede al escalón vecino o se sitúa por encima de él.
Estas dificultades de la percepción se acentúan cuanto más se mira la espiral en su desarrollo hasta el infinito del tejado, la cúpula o el cielo. Con esta referencia, tracé el dibujo de los personajes: no sabemos si avanzan o retroceden, si expían sus culpas o le echan más leña al fuego de sus apocalipsis personales, si son quienes cuentan ser o quienes la aparente realidad se empeña en relatarnos. Como tramos conformando una ascensión, dependen (o no) unos de otros, se realizan en el conjunto de los peldaños ajenos tanto como a través de su propia naturaleza de escalón singular.
Miguel A. Zapata, escritor
La trama avanza así proyectando una espiral obsesiva en la que los personajes vuelven una y otra vez a mostrarse o esconderse tras los muros de ese edificio que va desmoronándose poco a poco, mutando continuamente como la cáscara de ladrillo y hormigón que les sirve o les servía de casa. Se influyen, se anulan, se complementan, se confunden sus voces.
Y mucho antes habían llegado, con su buena nueva, las imágenes. Dos.
La primera imagen. Una grieta antigua en la pared del patio de vecinos en la casa de mis padres. Durante años la vi marcar como una cicatriz el rostro del muro lateral. Siempre estuve seguro de esa visión, incluso muchos años después de abandonar la casa paterna, como uno está convencido, por ejemplo, de la orientación hacia el norte de su cama o del número de espejos que hay en el baño.
Pero los espejos mienten. Las grietas también.
La pasada Navidad, con la novela ya a punto de entrar en imprenta, volví a mirar por la ventana del despachito de mi padre: la grieta en el muro, ahí fuera, había desaparecido. No había señales de reforma ni grapado, el revoque lucía desconchones de décadas. Ni rastro de herida. A veces, el motor de nuestros proyectos no es más que una ilusión óptica que damos por cierta, una justificación necesaria y quizá consciente de su carácter etéreo, de su inexistencia.
Grieta inspiradora
Tal vez necesitaba hablar de un edificio en continuo y lento proceso de descomposición e inventé una coartada en la realidad para sentir que contaría algo íntimo, tanto como una úlcera o una migraña, algo que únicamente nos pertenece a nosotros. Lo que nuestros ojos ven, solo lo ven nuestros ojos, nadie más que ellos.
La segunda imagen. Un edificio y su perspectiva. Imposible. Extraña. Incómoda. Una fachada que encuentro en mis paseos por el barrio como otro engaño de la óptica. Dependiendo del ángulo y la luz, sus alféizares, ventanas y molduras parecen dibujos sobre el revoque. Incluso el perfil del edificio adelgaza hasta hacer casi quimérica la posibilidad de alguna vida dentro. Existencias dibujadas. Biografías pespunteadas en un muro.
Los personajes de Arquitectura secreta de las ruinas también son o pueden ser falsas perspectivas, trazos cambiantes sobre una superficie de arena. La grieta que corrompe ese edificio es inmemorial, innominable, quizá imposible.
¿Y cómo se pueden coger los hilos deshilvanados de una madeja así? ¿Qué hacer con tantos cabos, espejismos y caracoleos?
El cuaderno, bendito cuaderno de nerviosas anotaciones, esquemas y apuntes a los que apenas hacer caso, en los que conviven rectas y espirales.
Cuaderno de notas
Porque un cuaderno no debe ser una guía turística para consultar como un demente en la visita a esos monumentos que formarán parte del tuétano de la novela. Un cuaderno debe ser un misal, un arma contra el vacío que no hace falta abrir ni consultar apenas porque el mensaje que contiene ya está interiorizado, ya está escrito antes de escribirse.
Lucí discretamente mi cuaderno por las calles de Madrid y Granada como se aventuran al paseo esos bolsos de los que brotan señoronas de domingo, no conscientes ellas del itinerario que le marca su pequeño rectángulo de piel lleno de adminículos de higiene o fotos borrosas de papas muertos.
Bendito cuaderno, sí, y benditas sus letras neuróticas que sirvieron para tanto sin vocación real de servicio.
Ahora podría decir que ya está, que ya me he dicho, que ya he contado los hilos invisibles de esta obra. Pero mentiría, porque ya no me pertenece y otros ojos deberán contarla también, quizá refutar lo que he afirmado antes o añadirle peldaños al edificio piso arriba, piso abajo. Ya no será responsabilidad mía, ahora que ya he terminado de contar grietas y componer intenciones.
Miguel A. Zapata, escritor
Por eso me gusta colaborar en una revista como Pliego Suelto, por esa libertad tan infrecuente que regala y que permite a los autores expresarse sin corsés cuando sacan a la luz sus libros. La que me acompañó en mi primera novela y que en Arquitectura secreta de las ruinas se doma con cuadernos e imágenes para perfeccionar su propio círculo, su escalera de caracol particular: la mejor de todas las libertades es la que busca aquello que la acota, que le dibuja los contornos de su propio albedrío.
Ah, y té, muchas tazas de té muchas tardes de muchos días de muchos meses de escritura.
Pero eso solo aporta un toque humano a tanto empeño de monstruos.
Ni más ni menos que eso.

lunes, 30 de abril de 2018

Reseña de El sermón de la montaña, de Fernando Cabrita en Todo Literatuta

"El sermón de la montaña" seguido de "Oda en viaje", el poemario bilingüe de Fernando Cabrita

Asistimos durante este sermón ―en realidad, una (anti)oda dividida en VIII capítulos― a un deliberado y sentido homenaje al confeso padre espiritual de nuestro autor, que no es otro que el estadounidense de la Generación Beat, Allen Ginsberg, aunque por el camino se rinda también tributo a la influencia que Ezra Pound y otros intelectuales han ejercido en su escritura y en su forma de ver el mundo a través de la poesía, con nuestro Vicente Aleixandre entre ellos, digamos de pasada.


Sus versos, a veces tan largos como un gato desperezándose, están repletos de preguntas por contestar, así como atravesados de punta a punta por los incontables viajes que ha llevado a cabo este olhãnense errante, que le sirven para hacer referencia tanto a vivos como a muertos, así como para confesarnos y reconocer algo que a bote pronto puede sonar terrible:

so221
     Mira cómo corren los caballos, estas
ágiles palmeras mesadas por el viento, sus crines,
sus largos meses, el horizonte donde cada barco
expone los árboles viejos, el índigo crudo de los días, la
                                                     [ceniza acre de las calles
―y cómo yo, que las he atravesado por evitar Portugal,
¡me pienso cada vez más portugués!

También hay lugar para otra de las constantes en la escritura de Fernando, como es el uso y disfrute de otras lenguas ajenas a la suya ―en este caso con claro predominio del inglés―, y para rendirse a una de sus más claras debilidades:

… Sevilla, mi dulce Sevilla, cuyos vericuetos caminé
bajo esta felicidad grácil que revive en el aire andaluz, Sevilla
cuyas noches he tenido por plazas y orillas, de la Sevilla magnífica                                                       
que tiene el rostro de María Paz, su sonrisa dulce y encantadora...

Aclaremos por último que este particular texto fue escrito entre su ciudad natal y la infinita Nueva York hace justo veintiún años, y que tan solo ahora, felizmente, ve la luz, con el inconfesable deseo de no espantar a ninguno de sus (im)posibles lectores.

****

Ya en su segunda parte se nos ofrece una Oda en viaje que cinco años después podemos disfrutar en castellano, gracias al buen hacer del reputado traductor onubense Manuel Moya, que volcó todo el libro a nuestro idioma. Y siguen como divisa poética las preguntas:

¿Habrá todavía una palabra que diga lo que siento
cuando ya no sepa sentir?
¿Habrá aún algún dios imperturbable
que se desasosiegue entre los ruidos de la bruma?

Abundan las ocasiones en que damos con versos sueltos que nos zarandean de lo lindo, porque constituyen verdades como puños:

La hierba crece sobre los imperios muertos.

Para tan solo un poco más adelante pedirle una imposible aspiración al sueño:

Dame la oda, la oda, la oda,
la oda-sueño donde todo se confunde con todo
y donde los caminos
siempre conducen a donde no sabemos.

Como no podía ser de otro modo, hay tiempo y lugar también para que surja la confidencia desde lo más profundo de su alma lusa, lo cual le sirve para mostrarnos ―por extensión― el sentir de nuestros vecinos:

A veces golpea en mí una nostalgia intraducible,
y una oda busca un suelo donde brotar.

Estamos hablando aquí de una poesía que viene a mostrarnos a las claras que lo más importante para quien la tiene como cotidiana herramienta, no es ni mucho menos su hallazgo definitivo, sino más bien su constante búsqueda y el hacer de ella gozoso camino:

Sigo soñando la oda que todo lo diga y todo lo resuma
en esa sola palabra,
la que no existe,
la que yo busco,
la que se deshace en niebla y lago
cuando me acerco a ella.

Oda única, en suma, que Fernando pretende sea así:

… extraña y bella como un dios agnóstico,
dios sin rostro que no cree en sí mismo, incluso si lo tuviera.

https://www.todoliteratura.es/articulo/poesia/sermon-montana-seguido-oda-viaje-cabrita/20180428161155047470.html

domingo, 22 de abril de 2018

Reseña de El misterio de los filiichristi de Agulo, de Daniel María en Tendencias 21

Reseñas

El misterio de los filiichristi de Agulo Juan Antonio Martínez de la Fe , 15/04/2018

El misterio de los filiichristi de Agulo
Ficha Técnica

Título: El misterio de los filiichristi de Agulo
Autor: Daniel María
Edita: Baile del Sol, Tegueste, Tenerife, 2016
Colección: Textos del Desorden
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 168
ISBN: 978-84-16794-38-6
Precio: 15 euros

No es un libro nuevo, pero sí de permanente actualidad. Aunque centrado en un grupo de personas, para nada numeroso, de la localidad de Agulo, en La Gomera, se trata de la concreción de la teosofía. La teosofía puede haber pasado de moda, haber perdido actualidad, pero su pista puede rastrearse siglos atrás y percibirse sus señales en la actual contienda entre dualidad y no-dualidad, concebida como vías, occidental y oriental respectivamente, para llegar al conocimiento de la realidad.

El libro que abordamos es el fruto de la investigación llevada a cabo por su autor, Daniel María, tratando de desentrañar, hasta donde sea posible, quiénes fueron los componentes de esta congregación y cuál era su ideario. Una investigación que ha desarrollado, de una parte, accediendo a los textos escritos que dejaron; de otra, tratando de reconstruir sus vidas, tanto durante la época en que se fundó esta fraternidad como, finalmente, escarbando en la memoria de los habitantes de la localidad que los recordaban y eran capaces de describirlos y comentar sus ceremonias.

Lamentablemente, no hay constancia escrita de un documento fundacional, de unas constituciones, de una regla de vida, pese a que intentaron, según comenta uno de sus fundadores, recibir una autorización papal. Este hecho complica mucho detallar su manera de actuar; pero sus escritos sí permiten atisbar algo de su pensamiento que, por otro lado, ha quedado expuesto, de manera dispersa, en entrevistas periodísticas, discursos, o publicaciones.

El libro se desarrolla en dos partes principales: en la primera, tras el prólogo, se describe la biografía y el pensamiento de los principales componentes del colectivo, mientras que la segunda recoge una selección de textos de los biografiados; a ambas partes se suma un pequeño suplemento gráfico con imágenes de los protagonistas.

Agustín Bethencourt Padilla

Tras una descripción de la situación económica y social de La Gomera en general y de Agulo en particular, en los principios del siglo XX, se ocupa del líder de los Filiichristi, Agustín Bethencourt Padilla y sitúa el germen de su proyecto de congregación en Cuba, adonde se habían trasladado sus progenitores y hermanos; en la isla caribeña entraron en contacto con métodos esotéricos, espiritistas y religiosos que traen como bagaje vital. Agustín viaja por Europa y entra en contacto con la teosofía. Así, no extraña que declare que su congregación parte de esta doctrina y practica el cristianismo y sus integrantes han de cumplir determinadas normas: dejarse el pelo largo, vestir hábito, no comer ni carne ni pescado, no probar el alcohol ni excitantes y renunciar a las pasiones. A esto se añade que tenían que abrazar el bautismo, la confesión, la castidad, la pobreza y la obediencia.

Agustín había contraído matrimonio con Luz López, con la que tuvo un hijo. Pero, una vez convertido en miembro de los Filiichristi, su matrimonio queda abolido. Todos duermen en el suelo a fin de percibir la energía de la tierra y beneficiarse de su poder telúrico, se dedican a la caridad y su objetivo era crear la comunidad estable en el centro de Garajonay. Para Agustín, sus modelos eran Santa Teresa de Jesús y Tomás de Kempis y, en cierto modo, se inspira en los ermitaños cordobeses.

Como texto de Agustín, se reproduce una entrevista que le realizara Eduardo Westerdahl, en la que afirma que su “orden trata de la abolución del individuo y de estudiar, de llegar a la comprensión de él en sí mismo. Yo leo con preferencia la Biblia, en general. Prefiero los Evangelios al Nuevo (sic) Testamento. La escuela de Santa Teresa del Carmelo figura entre mis predilecciones. También el Kempis. Tengo un libro en preparación, La misa y sus misterios. En esta orden, que aún no tiene la aprobación papal, figuran veinte o treinta individuos que tratan de difundir los estudios del cristianismo antiguo”. Afirmaciones, quizás, un tanto alejadas de la realidad.

Pedro Bethencourt Padilla

Pedro Bethencourt Padilla es el siguiente en aparecer estudiado en las páginas de esta obra. Junto a su biografía, destaca el autor la presencia de Jesús de Nazaret, San Miguel Arcángel o María Magdalena en su producción literaria, eminentemente poética, en la que también se entremezclan esoterismo, cristianismo, judaísmo y astrología. Muestra, así mismo, entusiasmo por la Naturaleza a la que considera el centro, el seno, el corazón de nuestra condición; es a esa Naturaleza a quien hemos de orientarnos para sanar el cuerpo y para alcanzar la conexión de nuestro espíritu con la verdad. Según cuenta Daniel María, “Canta a la Tierra, al Agua, a la Noche, al Árbol, a la Montaña… todos ellos extremidades que forman nuestra total entidad espiritual y que dotan a nuestra materia de forma, fondo y movimiento”. Una muestra de cuanto decimos, la encontramos en estos versos de su poema Árbol en la noche: “Pero yo te amo;/ pero te siento/ cerca de mi alma,/ como si tuviera prendida aquí dentro/ de mi ser alguna raíz de ti mismo;/ de modo que, a veces, en éxtasis, pienso/ si ambos no nacimos,/ si ambos no seremos/ ramas de un mismo árbol;/ del árbol inmenso/ que expande, florido de estrellas,/ la copa sin fin de los cielos”.

Concepto importante en Pedro Bethencourt es el de la magia, a la que entiende como sinónimo de manipulación, engaño, de trampa consciente; para él, la sociedad está amenazada por el imperio de la magia, es decir, por la manipulación de las grandes empresas de comunicación, farmacéuticas, de consumo, instituciones que forman los gobiernos, la Iglesia, las sectas, el ejército,… En la antología de textos, podemos leer: “Para mí, magia es el poder abusivo del pensamiento sobre la voluntad de los demás, ya sea para bien o para mal; de modo que, según mi entender, toda magia es negativa para el progreso real del hombre que busca la Verdad”. Y se detiene a explicar diferentes magias: la religiosa (“quiero decir que inútil, por falsa, toda especulación acerca de lo Absoluto”), la política, la comercial, la profesional (en la que es blanco de su discurso la profesión médica), la artística o la de relación.

En Pedro Bethencourt, siempre está presente su honda espiritualidad, a veces romántica y a veces panteísta, pues para él “somos uno con todo y que todo, en cada uno de nosotros, reside porque es Verdad, Amor y Divinidad”. Junto a sus hermanos, militó en la masonería, lo que, durante el franquismo, les creó serias dificultades.

José Bethencourt Padilla

El último hermano de la saga Bethencourt Padilla es José. Es él el autor de la novela La efigie de cera (1926), en la que desarrolla un “marcado énfasis teosófico a la hora de tratar todas las religiones como vehículos y continentes de la Verdad Divina”, un énfasis que no es exclusivamente sujeto a la teosofía, ya que también está impregnada de otros principios doctrinales. Su poesía, también abundante, refleja un hondo sentir religioso que deja entrever su formación cristiana y bíblica, con amplio conocimiento de ambos Testamentos.

En la antología de textos, entre otros muchos, se recoge el que pronunció ante sus hermanos masones en Tenerife, en el que podemos leer: “porque creo, venerable maestro y queridos hermanos, que siendo masón soy miembro de una gran fraternidad espiritual y pertenezco, por tanto, a toda la Humanidad”. Y más adelante: “pensé seguidamente que soy tan solo un átomo del Gran Arquitecto del Universo, perfectible hasta lo infinito, hasta ser en Él”. Palabras que dejan entrever el fondo de su pensamiento. También es destacable el capítulo de su novela El salmo de la bruja, que aborda un exorcismo citando en su texto latino original el Rituale Romanum.

Otros Filiichristi

Domingo Montesinos y Montesinos es el siguiente biografiado, del que nos dice Daniel María que era conocido popularmente como Domingo Ferroni, famoso en La Gomera como pianista autodidacta y pensador y lo califica como el más sensitivo del grupo de los Filiichristi. De él se servían los hermanos Bethencourt Padilla como médium y se conserva memoria, en el acervo popular, de varias anécdotas, como la de ser capaz de localizar objetos perdidos. En la antología se recogen varios de sus artículos aparecidos en la prensa, tales como El resurgimiento espiritual en la vida de Agulo o Nuevas orientaciones políticas en La Gomera.

El murciano Juan Saravia Martínez llegó a Agulo como maestro nacional en fecha tan tardía como 1965; fue hombre sensible con los temas espirituales y guardó estrecha relación con Domingo Montesinos. Poseía un amplio bagaje espiritual, que se reflejaba en las lecturas y reflexiones que le ocuparon toda su vida y que trató de plasmar en numerosas obras que nunca publicó. Las reuniones que mantenía con los otros personajes de Agulo ya no tenían el carácter de congregación que tenían antes de 1936, sino que en ellas se debatía y reflexionaba sobre temas espirituales, ciencias ocultas y esoterismo. El autor de este libro, lo califica de librepensador y reflexivo, interesado por todos los temas del conocimiento, crítico con la Iglesia, profundamente espiritual y sociable, lo que le permitió entrar en contacto con diversos grupos, como los Filiichristi. En la antología de textos, se recoge su BUJEMA (iniciales de Buda, Jesús y Mahoma), que lleva por subtítulo Boceto de bagatelas humanogógicas y que cierra con el llamamiento Hombres de buena voluntad… ¡¡¡Uníos!!!

La biografía de Pedro Sánchez Padilla es corta. Primo de los hermanos Bethencourt Padilla, lutier de violines, guitarras y timples e intérprete de laúd, fue el miembro más joven del grupo. Hombre de extrema timidez, vivió una vida totalmente ascética, dedicado a la meditación y lectura de textos esotéricos, religiosos y espirituales. Su introspección era tan suma que incluso abandonó las necesidades terrenales. En su familia existió una línea espiritual muy aguda: un hermano suyo fue cartujo, falleciendo muy joven, y su tío Leonardo, apodado El Loco, tenía la capacidad de visionar. La antología de textos no recoge ninguno suyo.

Y el último en aparecer en esta interesante obra es Pascasio Trujillo Sarmiento, con una biografía difícilmente reconstruible. Agustín Bethencourt lo cita como uno de sus discípulos, pero en su producción amplia de articulista en diferentes periódicos no aparece ninguna alusión a los Filiichristi. Solo en el artículo La patria de don Leoncio Bento, único suyo recogido en la antología de textos, habla de los artistas e intelectuales de Agulo, todos ellos compañeros suyos de congregación.

Masonería en el franquismo

Daniel María nos ofrece un capítulo dedicado a La sospecha franquista, en el que relata las persecuciones y procesamientos a que fueron sometidos, aunque no por su pertenencia a los Filiichristi, sino por sus relaciones con la masonería. Y culmina su ensayo con el capítulo La puerta entornada, que así deja por si hubiese nuevas aportaciones a su estudio.

Nos encontramos ante un libro de lectura fácil, amena y muy asequible que nos permite conocer los frutos de la investigación de Daniel María sobre esta misteriosa congregación. Lo cierto es que nos deja con ganas de saber mucho más sobre tan extraordinario grupo, pero es muy difícil que pueda aparecer algo nuevo tras este exhaustivo trabajo de su autor.

Índice

Prólogo de José Gregorio González

Palabras previas
El grupo de Agulo y el liderazgo de Agustín Bethencourt
Pedro Bethencourt Padilla
José Bethencourt Padilla
Domingo Montesinos y Montesinos
Juan Saravia Martínez
Pedro Sánchez Padilla
Pasacasio Trujillo
La sospecha franquista
La puerta entornada
Notas

Antología

Agustín Bethencourt Padilla
Pedro Bethencourt Padilla
José Bethencourt Padilla
Domingo Montesinos y Montesinos
Juan Saravia Martínez
Pascasio Trujillo

Galería fotográfica
Agradecimientos



El misterio de los filiichristi de Agulo
Notas sobre el autor

Daniel María nace en Agulo, La Gomera, en 1985. Escribe sobre literatura y cine en TarántulaFogal y Qué Leer y ha obtenido los premios de periodismo Paco Rabal (Joven Promesa, 2013), Leoncio Rodríguez (2014) y Juan Torres Grueso (2016). Ha publicado los poemarios Hilo de cometa (Premio Félix Francisco Casanova) [2009] y Flor que nace en los raíles (2015); el libro de cuentos (De)función cómica (2009); los estudios críticos El caso de la película imposible: El extraño viaje (2011), y las novelas El hombre que ama a Gene Tierney (Premio de Edición Benito Pérez Armas) [2014] y Un crimen lejos de París (2014). Asimismo, fue el responsable de novelar la película El extraño viaje (2011), con prólogo de Luis G. Berlanga.